Print Friendly

Por Miguel Ángel Muñoz

“Había jugado con la posibilidad de encontrar en la realidad lo que estaba sencillamente en el fondo de mi mismo”
Marcel Proust, El tiempo recobrado

Pocos elementos pueden presentar tanta claridad y variedad de estímulos a la imaginación visual y poética como una semi-figuración sutil, delicada, llena de poesía. Su metamorfosis de color, de la línea y la estabilidad de su forma, que es fuente de renovación, constituyen un desafío máximo en cualquier artista. Ese ejercicio memorioso es al que John Berger juega: “Cierras los ojos distraídamente de vez en cuando. La imagen del entramado de hojas se mantiene un momento impresa en tu retina antes de desaparecer, pero ahora es de un rojo intenso, del color de un rododendro muy oscuro…”.

Uno de los principales mandatos pictóricos del siglo XX (Paul Klee), decía: “no reproduzcas la naturaleza, has como ella, descúbrelo todo poco a poco”. Pero, ¿qué es un paisaje, qué una figuración? Nada y todo. Se deja hacer. Si se mueve es por buscar el equilibrio que otras fuerzas le rompen; va y viene, se agita, incluso puede mostrar su rabia, y en este movimiento lo transforma todo, lo acoge todo.

Todas estas ideas surgen con fuerza al ver en retrospectiva la obra pictórica de Luis Moro. Las claves de su trabajo son plásticas; pero una idea se hace cada vez más clara: la progresiva sencillez formal, la creciente economía de los elementos de su pintura, van unidad de forma inextricable a una mayor riqueza plástica, a una capacidad de sugestión visual que crece de modo continuo, como una fuerza quieta que se desliza en multitud de gestos, de vaivenes. Ha evolucionado a partir de aquellos principios radicales, pero es un caso clave en la pintura de su generación de integración coherente de elementos. Es complicado descubrir en él, un desliz extra-pictórico. En sentido de mezclar figuración y paisaje. De fuertes resonancias románticas, que puebla su pintura de los noventa, emerge, desde una memoria visual acumulada, cuya densidad y simpleza no impide ir reconociendo lentamente con precisión exacta cada uno de los estratos sobre los que se apoya.

Siguiendo los trazos y caminos últimos de Martk Rothko, Antoni Tàpies, Albert Ràfols-Casamada, Terry Winter, Philip Guston, Miquel Barceló pero también las densas y poéticas atmósferas de Turner, sin olvidar los maravillosos paisajistas británicos del siglo XVIII y comienzos del XIX, el pintor español Luis Moro continúa puliendo su fascinante mundo estético “sub-acuático”: peces, calamares, caballos de mar; y esa serie de insectos, que título acertadamente “paraísos elementales”: abejas, moscas, mariposas, cuya poética es un reflejo de ricas tensiones internas, donde caben los refinamientos sensuales y las alucinaciones místicas. No tarda en aparecer un ánimo organizativo y, tal vez lo más importante, una sobriedad a la que se mostrará fiel, incluso en los momentos de factura más sensual. Moro ha insistido en esa absorbente y huidiza plasmación de la luz, donde discurren todos los colores, pero al límite de su visibilidad, porque el horizonte así se achata entre nieblas y se convierte en un telón jaspeado de inciertos brillos fugitivos, cuyos trazos guían la mano del artista, para crear y recrear esas atmósferas huidizas que le dan un toque muy personal a su pintura.

Como dice el poeta portugués Eugenio de Andrade en su poema Sobre la tierra, “vivo y crezco en la tierra”, igual Moro ha encontrado en la tierra, la naturaleza y el mar esa tradición, realismo y libertad creativa, para configurar una obra exquisita. Tradición quiere decir orden formal y cromático, organización equilibrada del espacio visual. Realismo viene a serlo todo menos una consigna: es una segura invocación emotiva a la naturaleza y un desafío quizás intempestivo a las potencialidades de su transfiguración formal. Libertad creativa significa sencillamente conciencia del límite, aceptación serena de unas presiones del oficio que han orientado a lo largo de la historia la sensibilidad estética: un mundo de pintura. “Observar no como -decía el pintor catalán Râfols-Casamada- como una actividad intelectual, sino como una función sensitiva. Nuestra sensibilidad visual abierta hacia el mundo.

Captar el conjunto de nuestro campo de visión, captar los detalles que lo integran. No menospreciar nada, situar cada cosa en relación con las otras. Sin pensar, sólo mirando”. Todo un reto, y Moro lo ha ido entendiendo poco a poco, en sus series Papaloapan y Metamorfosis. Para nuestro artista, con todo, la pintura no es sólo comunicación. Es también, acción, intervención selectiva en un caos expresivo a través de las formas, una calidad nueva que se alcanza en el momento mismo de la realización de la obra. “la pintura es acción -ha confesado el artista-. Entiendo el arte como un ejercicio creativo”.

Moro inventa en sus pinturas formas nuevas, de cuya asociación se define la forma que constituye su signo gráfico definitivo. “A los ojos del artista, el espacio es de hecho- dice Gao Xingjian- una noción subjetiva, sin ningún nexo obligado con la geometría o la topología. Se desprende de la intuición y de la percepción del artista mismo”. Creo que Moro no sólo se desprende en momentos de la intuición, sino que la hace cómplice de

 

 

su discurso pictórico, pues es a través de ella que llega directo a sus temas, a sus obsesiones: vagos resplandores de luces inciertas, diversos accidentes orográficos, la agitación de la figuración, me llevan a pensar en lo sublime que puede ser su pintura, su dibujo y su gráfica. La forma, en definitiva, como logro del trabajo arduo y consciente sobre una gama reducida de elementos cardinales que califican la obra acabada: color, textura y trazo. El color impone un ritmo plástico que, en contrapunto, lo domina todo. La textura hace expresiva, objetiva incluso, la superficie pictórica a la mirada o al tacto. El trazo impone la huella del artista en el concepto teórico, señala con intensidad no querida en el estado anímico del hombre que actúa: marca la obra. El blanco, negro, azul, ocre de estos seres imaginarios, con sus, cegadores contrastes, pero otras, con su oceánico rebullir de grises, nos va descubriendo también los sordos destellos y los mil matices que han convertido su visión estética en el pozo sin fondo del color. Un frío viaje de esa belleza sutil que nos acecha cotidianamente. Colores convertidos en materia de pintura. Poesía pura.

Pero volver una y otra vez sobre el mismo sortilegio pictórico -de animales, peces, creaturas imaginarias- nunca es en vano, y, en este sentido la apretada fijación con que la artista ha mirado ese parpadeante espacio, animado por turbios resplandores, y, la intensidad de su pugna plástica por lograr conjugar las extrañas “musculaciones cromáticas” -como decía Antoni Tápies- que, pululan por la plana superficie cuando se extinguen las luces, tonos, trazos, que llenan de atmósferas luminosas cada una de sus telas.

La paleta de Luis Moro nos propone un arte que controla enérgicamente el azar. Y crear una obra nueva que constituye un riesgo: un problema a partir de las leyes de unos signos en los que convergen la tensión gestual, la urgencia técnica y la dureza de la materia pictórica. Todo ello determina el drama de la obra. La operación creativa se sitúa así en la encrucijada entre lo espontáneo y el control racional y se resuelve en un súbito y, en el caso reciente de Moro, brillantísimo despliegue de sensaciones visuales inmediatas.

Ese silencio que crece constante, inmóvil como los peces, pulpos, abejas y mariposas que desde décadas van apareciendo de forma constante en cada uno de las telas y papeles de Moro. Juego especulativo de su pintura: espejo de mil reflejos de una realidad que no se agota. El enriquecimiento y la complejidad simbólica en la obra reciente de Moro me parece sorprendente. Los grises, los sienas, la gradación más oscura de tonalidades nos inducen a pensar en una reflexión severa, por parte del artista, sobre las raíces más hondas de su arte y la problemática conceptual de la semi-abstracción en el arte contemporáneo. Ocres y azules sobre construcciones limitadas en negro, de remotas reminiscencias geométricas, alejan esta nueva obra de períodos aparentemente más serenos.

Las capas de color batallan, pero no existe búsqueda de efectos complicados, duro; de hecho el modo de pintar tiende a unirlos, ya que se realizan invadiendo una parte central de la tela. El espacio y la luz, o la saturación cromática que gradúa los efectos lumínicos en este nuevo espacio -la obra- se convierten en los protagonistas que ordena, en la superficie nada neutra de la tela y el papel, las tensiones plásticas y visuales que las forman constructivas por sí mismas son capaces de generar. Sobre estos supuestos se estable el diálogo visual con el espectador.

En opinión de Walter Benjamin, la obra de arte se nos presenta ahora más bien “como un mundo fantástico en miniatura”, que se sostiene a sí mismo, dotado de una naturaleza propia. Y, porque no, Moro crea un mundo “fantástico” con su obra; un bestiario imaginario inédito. Crea unas tracerías figurativas que le permiten un simple elaborado compositivo en la ordenación compositiva, con motivos de un realismo algo “insípido y evanescente” que encubre pronto en un discurso estético sorprendente.

Y de nuevo una deslumbrante constelación de formas. Equilibrio y dinamismo interno. Control y depuración expresiva de la materia- color sometida por unas variaciones signicas lineales que quiebran la geometrización del espacio. Espacios pictóricos y poéticos que se definen cromáticamente en sobre posiciones y contrastes de fuerte radicalidad y sombreado parco, elusivo. Imágenes, así, cargadas de simbolismo. El uso de una técnica que mezcla el grafito y el óleo proporciona a las imágenes de Luis Moro una textura entre lo mineral y lo orgánico, figuras que brillan como el resplandor, pero también con la sensual suntuosidad de unas flores de ceniza.

Este es el caso de la obra reciente de Luis Moro, cuya evolución y discurso plástico está lejos de agotarse. “Lo que cantaban -dice Mark Strand- sin embargo, sigue siendo un misterio para mí”. Y eso sigue para mí siendo la pintura de Luis Moro: un enigma misterioso y asombroso.

*El presente texto pertenece al libro Luis Moro. La cuenta atrás (Figuera-Hernández, Editores, 2014), que se presenta hoy por la noche en el Centro Cultural de España, de la ciudad de México.

Fuente: La Jornada