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Triaca: Dioscórides – Laguna – Gamoneda es una exposición visual e interactiva que vincula el arte, la botánica, la farmacopea y la medicina con la realidad aumentada, la historia y las letras de Antonio Gamoneda.

Abierta hasta el 01 de septiembre, la muestra puede visitarse de martes a viernes de 18 a 21 hrs. Los sábados, domingos y festivos, de 12 a 14 y de 18 a 21 hrs en el Torreón de Lozoya.

 

 

Triaca: Dioscórides – Laguna – Gamoneda es una exposición visual e interactiva que vincula el arte, la botánica, la farmacopea y la medicina con la historia y las letras de Antonio Gamoneda.

Al conmemorarse 20 años de la creación de su Bestiario del Dioscórides, en Triaca Moro explora, interpreta y actualiza las plantas de «De la materia médica» del Dioscórides.

En la serie, los dibujos del artista inspirados en la obra del médico griego de Nerón, “… parten de una mímesis de las plantas alucinógenas y medicinales, llevándonos a un microcosmos donde arte y ciencia se dan la mano para revelar el conocimiento de la herbolaria, hoy oculto en las cajas anónimas de las medicinas de patente.” A decir del crítico de arte mejicano, José Manuel Springer.

En la muestra, con más de ciento noventa obras entre acuarelas, esculturas, instalaciones y algunas pinturas que cobran vida a través de la realidad aumentada; Moro propone recuperar y actualizar textos científicos de referencia como el Dioscórides, poniendo en valor la figura del Doctor Andrés Laguna -otro incansable viajero segoviano-; quien promovió la divulgación del saber al traducir al castellano el tratado de botánica.

La exposición está organizada por el Aula Andrés Laguna, integrada por el Ayuntamiento de Segovia, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, la Fundación Lilly y la Universidad de Alcalá en colaboración con la sede del Museo Torreón de Lozoya – Fundación Caja Segovia.

Sobre la obra de Luis Moro

“… Este valor se acompaña de otro estrictamente pictural: las obras, con independencia del atractivo de lo que representan, son en sí mismas, en su abstracta plasticidad, piezas maestras. (…) Y termino haciendo una simple aclaración: de la misma manera que los poemas que aparecen en mi Libro de los venenos no son descripción ni literatura informativa sobre las piezas de Luis Moro, tales piezas no son tampoco ilustraciones directamente aplicables a mis poemas. Más simple y llanamente, nos hemos reunido en un ‘diálogo’ en el que las expresiones de cada uno han sido totalmente individuales, imprevisibles e impremeditadas, a no ser –y esto sí lo sabíamos los dos–, la existencia, en el fondo de las obras, de un ‘espíritu’ común, de una visión poco menos que cósmica, que a ambos nos ha procurado la genial sabiduría, marcada también por la estética, de la, a su vez reunida e interpenetrada, obra de Dioscórides y de Laguna.”

Antonio Gamoneda

 

Dualidades entrelazadas

Todo en el mundo está conectado, decía el genial Leonardo da Vinci. La obra de Luis Moro es un ejemplo de esta sentencia. Sus dibujos inspirados en la obra del botánico griego Dioscórides, parten de una mímesis de las plantas alucinógenas y medicinales, llevándonos a un microcosmos donde arte y ciencia se dan la mano para revelar el conocimiento de la herbolaria, hoy oculto en las cajas anónimas de las medicinas de patente.

La descripción que logra el artista en diminutos trazos se aleja de lo puramente botánico para ofrecer un colorido laboratorio de formas y texturas que dotan de carácter a plantas, hojas y pétalos. Se observa en los trazos un proceder mimético que paulatinamente se separa del mundo visual para introducirnos a lo fantástico. La finalidad es mostrar la belleza de la flora y su dramático papel como veneno y medicamento.

La imaginación no reconoce límites entre medicina y alquimia. El de Luis Moro es un recorrido visual por las biografías de la mandrágora, que arranca la razón de quien la ingiere; de la belladona, asociada con la provocación de la amnesia y hasta la muerte o del floripondio que sirvió de embrujo para acabar con la voluntad de los más virtuosos.

Más allá de lo anecdótico y lo botánico, Luis Moro propone un catálogo de bellas  estructuras orgánicas, que lleva a ponderar un recorrido microscópico donde las sustancias psicoactivas operan sobre el funcionamiento de la conciencia, para alterar la percepción sensorial.

Productos de la dualidad del mundo natural, venenos o remedios, la labor del artista consigue detener la mirada para demostrar que todo lo que existe está ligado; su inteligencia y sensibilidad permiten leer los puntos en que la imaginación se conecta con el mundo.

José Manuel Springer

 

«… Y si el ejercicio del pensamiento discurre por el territorio que solo la actitud poética permite, con plena naturalidad llegamos a esta tercera edición, donde la obra del doctor Laguna abre un nuevo sendero creador, en esta ocasión, por mediación de la pintura. Ha sido Luis Moro – pintor cuyos ojos atesoran matices que él transmuta en seres de inquietud transparente y luminosa-, quien ha propiciado una alianza asombrosa entre el Dioscórides revisitado por Andrés Laguna y la relectura creativa de esta última versión en Libro de los venenos de Gamoneda.

Alianza que Moro, hace veinte años, comenzó a pergeñar con Laguna, cuando se conmemoraba el quinto centenario del nacimiento del humanista segoviano, y que dio lugar a aquel Bestiario del Dioscórides de una fuerza, me atrevería a decir, originaria, genesíaca, como recordamos quienes tuvimos la suerte de disfrutarlo en España, en México o en Estados Unidos. El Bestiario de Moro aceptaba la encomienda creadora de acompañarse por actuales avances científicos, en este caso tecnológicos, como hicieran, precisamente, los pintores renacentistas tras el descubrimiento revolucionario del telescopio, que trajo consigo, ni más ni menos, que la posibilidad de una perspectiva visual hasta entonces inédita. Es algo importante que, considero, hemos de valorar desde una altura creadora y poética máxima. Luis Moro mantenía el pulso científico que moviera la obra de Laguna, él mismo ama la tecnología visual, la investigación científica tanto como ama la pintura y ese mundo de seres vivos que pueblan la naturaleza. Su empeño le procuró una beca de CONACULTA, en 2013, para ampliar un proyecto al que se incorpora tecnología -o tendríamos que decir “experiencia”- 3D.

Pero no vayamos a pensar que Luis Moro renuncia o evita la grandeza del oficio del pintor, recogido en una tradición universal que se remonta, si hacemos caso a Plinio el Viejo, a aquella despedida mítica de dos amantes que, tras una última noche juntos antes de que el soldado parta a la guerra, la mujer custodia perfilando la silueta amada reflejada en la pared. Esa silueta es un alegato testimonial contra el olvido, déjenme que arriesgue: es un alegato que llama a los seres humanos a la nunca alcanzada matria de la paz. La dama de Corinto, referida por Plinio el Viejo, trasciende en su acción al hombre concreto al que, casi con certeza, no volverá a abrazar. En el silencio de las sombras, brota un clamor que seguimos ignorando, el mismo que Laguna reitera en su Discurso de Europa.

Y al esquivarlo, hay demasiado sitio para quienes propician una existencia donde se normaliza el odio, donde se vulnera la dignidad, se roba la infancia, se destruye la naturaleza, se desprecia a quien pierde su lugar en la tierra. Hay demasiado lugar para quienes excusan la violencia y justifican la infamia, para quienes siembran maldad y desprecian la vulnerabilidad que nos hace seres humanos, necesitados de los otros para llegar a ser. Esa silueta es, decía, un alegato contra tales olvidos, contra tales ausencias, contra tales desprecios. En ella, está también la sombra de Laguna, la de Luis Moro ejerciendo su destino de pintor. En ella, está la responsabilidad del arte. Es cierto, nos lo recuerda en un poema Antonio Gamoneda: la Belleza no es un lugar al que van a parar los cobardes.

Así llegamos al encuentro natural entre Moro y Gamoneda, en 2016. Era un encuentro esperado desde la eternidad de esa Belleza, Andrés Laguna había ejercido la mediación para que se produjera. Los poemas del poeta se ensamblaban en los grabados del pintor. Lo titularon Un animal oculto. Un año más tarde, Segovia sumaba a este diálogo fecundo entre Laguna, Gamoneda y Moro la voz leonina de la premio Cervantes Elena Poniatowska. La Alhóndiga acogía una exposición donde el Ayuntamiento de Segovia y la Universidad de Alcalá de Henares actualizaban el espíritu científico de Andrés Laguna, un espíritu soñador porque no hay avance humano sin sueño creador que lo preceda. Ese objeto que se ha convertido en prolongación, a veces esclavizante, de nuestra mano, nuestro aplicadísimo móvil, se poetizaba en antorcha con la que alumbrar seres ocultos, seres vivos con corazón latiendo ante la inmensidad del asombro artístico que, por fortuna, ejerce de fármaco contra el escepticismo y la derrota. Aquellos seres que vivían en sus cuadros, mediando una realidad aumentada, moviéndose en la mágica sombra de la imaginación que la tecnología ponía ante nuestra experiencia estética, como si formaran parte de nuestra respiración, de nuestros movimientos, la voz de Gamoneda, la leona matriarca de Poniatowska; todo estaba más allá de la anécdota. No hay anécdotas jamás en la obra de un artista como Luis Moro. Cada brizna de obra contiene la totalidad de un afán. Y, en este caso, haber comenzado a la sombra sabia de Andrés Laguna y su Dioscórides exigía un estudio exhaustivo de animales, plantas y minerales. Un estudio, una investigación, un ensayo pictórico siempre, para que la pintura desescombre el aura de grandeza que la vulgaridad mancilla.  Una toma de postura que se sumaba a esa militancia contra la barbarie que simboliza el médico humanista Andrés Laguna.

El próximo 7 de junio, a las 20 horas, en el Torreón de Lozoya, continuaremos esta jornada sabia que hoy compartimos. Luis Moro llama Triaca a este nuevo claro del bosque de su búsqueda y su encuentro. Ha concebido una pócima como esa triaca conocida por la farmacopea universal desde la Siria del siglo II antes de la era común. El opio, las hojas de amapola, jengibre, valeriana, ruibarbo, genciana, díctamo, aloe, nardo, canela, escila, rosa roja, iris ilirio, flor de junco redondo, cizaña, azafrán, regalí, mirra, benjuí, carne de víbora, terra sigillata, betún de Judea, bálsamo de la Meca, sulfato de hierro; la disolución en trementina, vino y miel como excipiente que han de dejarse doce años en reposo antes de ser usada. Era muy buena la triaca de Venecia; en España, tenía fama la que elaboraban los colegios de boticarios de Zaragoza, Barcelona y Valencia. Madrid obtuvo la exclusividad de su fabricación en el siglo XVIII. Hay tratados médicos que lo recogen. Y hay poemas también. Sirve contra las mordeduras de dragón. Suspende el tiempo, transmuta lo profano en sagrado… Metamorfosis, reveladora alquimia.

Conoce bien la fórmula Luis Moro, cuya pintura es triaca estética, fármaco artístico, aroma y sonido, en la estela de Andrés Laguna abordando, como dice Gamoneda, la medicina antigua como se trae el relato mítico del que hemos perdido orígenes y, acaso, razones, pero que al ser leído despierta la intuición profunda de que, despojado del tiempo, ahí se encuentra una verdad que no podemos olvidar. Que no tenemos derecho a olvidar. Que tenemos el deber de no olvidar.»

 Marifé Santiago-Bolaños